lunes, 31 de enero de 2011

Capítulo veintinueve. Bajo cero

Cuatro momentos y mi vida un caos. No tiemblo, no lloro. No río.

Soy como el aire frío que, al respirar, resulta estremecedor, molesto, doloroso. Pero no soy aire húmedo. No me calo en los huesos, en tus huesos. Al fin y al cabo, tan sólo soy una mala bocanada de aire.

Estoy bajo cero. Soy bajo cero. Y sigo sin temblar, llorar o reír. Soy impasible.

Mis pupilas, mis ojos son el hielo que enfría mi cuerpo, formado tan sólo de gas y aire. Te miro. No me importas. No me importa. Ya no quiero. No te quiero.

Un Red Bull, una tila. ¿Qué más da? Nada puede afectarme. Soy imperturbable.

Un cigarrillo. Dos. Fuego en mi boca. Y no me derrito. ¿Importa acaso? Soy inmortal.

Una hora. Un libro. Otra hora. Mil palabras y dos siglos. Más horas, más fechas y más siglos. Y nada dentro de mí. ¿De verdad importa? Soy impenetrable.

Una frase. Dos silencios. Una despedida. Algún te quiero. ¿En serio merece la pena? Soy inaccesible.


Soy de hielo.

sábado, 22 de enero de 2011

Capítulo veintiocho


-Tía, he arrancado una tecla. ¿Cómo la pongo?

-No tengo ni idea, no suelo arrancar teclas.

-Ya!! Lo he buscado en internet. Yo tampoco las arranco. Lo que pasa es que se me han enganchado los apuntes de documentación ahí xD. Era esta tecla "ºººººº".

-¿Tú ves?, documentación es peligrosa.

-Ya ves

jueves, 13 de enero de 2011

Capítulo Veintisiete: Recuerdo y olvido

Sentada en los pupitres que tú ocupaste,

atendiendo a profesores que te perdiste,

asaltada repentinamente por tu recuerdo,

me invade la nostalgia y con ella

sentimientos de traición:

tanto tiempo olvidada, perdida

entre las marañas de recuerdos

que despiertan ahora

las calles de esta ciudad,

tus amigos,

la facultad;

y que ya no son tuyos.


Cerca ya de dos años sin ti

y ya apenas si te dignas

a visitarme,

ni me digno a llamarte.


Tu calle es lo único sagrado,

pasé sólo una vez

desde aquel día de marzo

en que te marchaste,

y no fui capaz de reconocer

tu portal,

no me atrevo a volver

a pasar.


Barqueta no te pertenece,

tampoco Utopía, ni la Alameda,

lo has perdido todo

y tu cara se emborrona,

tengo que esforzarme demasiado

para trazar,

con un mínimo de precisión,

tus rasgos.


Se me hace extraño pensar

que ya te superé en edad,

que tu tiempo no corre

como el de los demás.

Para siempre menor

y, eternamente, mayor.


A veces me pregunto si cuando te evoco

soy sincera.

Me cuesta creer que me ganaras tanto,

pero Sevilla era tu ciudad,

y debió haber sido la nuestra,

tuvimos planes

¿recuerdas?


Pude haber huido,

otra ciudad, otra gente,

pero vine aquí e hice vida

y ahora las calles no evocan

momentos contigo,

sino con otros,

que son más y así será

durante largo tiempo

(espero)

y la ciudad es ahora mía

y de los vivos,

de los presentes.


Y a pesar de todo, hoy en clase

eras tú, de algún modo,

quien me hacía sentir,

y no los besos recibidos la misma mañana

del mismo día

en que ahora escribo,

a ti, y no al amor

ni a la lujuria, ni al sexo ni al deseo,

sino a ti,

amiga desconocida que siempre fuiste,

y por ello, tal vez, amiga para siempre

de quien nunca supo escucharte

ni conocerte.


Chío Beloki

lunes, 3 de enero de 2011

capítulo veintiséis

Once y veinte pasadas. Bajé del autobús un par de paradas antes. Tenía algo menos de cuarenta minutos para llegar a la estación y mi cabeza no me permitía parar quieta. Esa tarde había sido una más, pero también me había recargado las pilas. A veces los momentos menos pensados se vuelven los más especiales, los más necesarios. Sobre todo ello iba meditando yo cuando, en la parada, encendí mi cigarrillo recién hecho.

Con el paraguas colgado de mi hombro para poder esconder la mano izquierda en el bolsillo comencé a andar no sin antes echar un vistazo al río, que se encontraba a mi derecha. La música en la radio acompañaba a mis pensamientos. Lenta, profunda, serena. Curiosamente, la emisora que jamás escuchaba parecía entenderme a la perfección.

El tramo que atravesaba, oscuro, solitario, lleno de árboles que apenas dejaban ver más allá, se me hizo extrañamente corto, increíblemente placentero.

Llegué a la estación. El reloj que se alzaba en la misma avenida me indicó que debía esperar casi treinta minutos hasta la salida del autobús que me dejaría en casa. Miré al cielo. Entre la espesa capa de nubes que tenía encima de mí podía distinguir algunos claros, oscuros en la noche. Decidí continuar andando hacia la próxima parada del autobús, al otro lado del puente.

La emisora desconocida para mí continuaba acertando una y otra vez con sus canciones. Entre tema y tema la locutora recitaba entre susurros algunas palabras de la próxima que estaba por sonar. Podría haberme resultado absurdo, pero daba un toque diferente al comienzo de cada canción. Y yo, entre caladas a mi cigarrillo, pasos largos pero lentos y mirada hacia todos sitios comencé a pensar que seguramente aquella sería la última vez en aquel año que pasearía por esa avenida por la que tantas veces había transitado.

Y de repente una curiosa nostalgia me inundó. Y digo curiosa porque no dejó atrás ni por un segundo mi estado de felicidad pasajera. Sí me hizo sentir cierta lejanía de algunos momentos que ya no estaban allí a pesar de haber sido vividos. Momentos que esperé ansiosa y que pasaron de largo. Y ahora me encontraba allí, en plena avenida, a poco más de veinticuatro horas para finalizar ese año. Un año que me había regalado grandes momentos, grandes alegrías y grandes personas, pero también enormes desilusiones.

Ignorando esa última palabra que se había colado en mi mente conseguí llegar al puente. Justo en ese instante, como si supiera que iba a atravesar el río y no lo quisiera, la radio me abandonó a su modo: comenzó a sonar una canción demasiado musical, demasiado vivaracha para el momento. Y yo que me habría conformado con cualquier otra en la que hubiera más letra que música.

Me paré en seco. Aquello no podía ser. De todos modos no me importó demasiado. El cuerpo me pedía Vanesa Martín. Llevaba haciéndolo toda la tarde cuando, entre broma y broma de cierta persona que me acompañaba se le colaba alguna frase de alguna canción de la Vane. Sonreí ante ese recuerdo y comencé a atravesar el puente con aquella voz de caramelo ya derritiéndose en mis oídos.

Algunos pasos y media canción más tarde conquisté el punto más alto de la pasarela, en el que comenzaba la recta final de mi travesía. Dirigí en aquel momento mi mirada hacia otro reloj idéntico al de la estación que me dio exactamente quince minutos de tregua, los que faltaban para la medianoche.

En ese punto que yo tomé como centro exacto, sin contar metros, pisadas o palmos, apoyé mis brazos en la barandilla que separaba el suelo de la nada que se encontraba encima del río. Y allí mismo me dediqué a mirar hacia abajo, con otro tipo de nostalgia, esa que me embargaba siempre al caminar por ese puente, la que me recordaba que aquella sensación sería la más similar a estar cerca del mar, sintiendo el viento y, con él, el frío húmedo recorriendo cada parte de mi cuerpo. Entonces me inundó cierta claustrofobia, creyéndome encerrada en un lugar sin final, del que jamás podría huir yendo a cualquier trozo de arena a ver cómo dos azules, uno inquieto y otro sereno, se mezclan en el horizonte.

Una de las caras de la moneda. La otra se encontraba justo tras de mí, por lo que di media vuelta y esta vez fue mi espalda la que se dejó caer en la barandilla. Mis ojos comenzaron a brillar, y no por la emoción, ni siquiera por el frío, sino por la luz que desprendía el puente que se encontraba ante mí. Ese puente que unía las dos Sevillas. Mágico, sencillamente espectacular. Y, como cada vez que lo miraba desde la acera más lejana a él del puente que me mantenía sobre el río, maldije mi costumbre de cruzarlo siempre por allí. Aun así no dejé de mirar, de observar, de analizar, intentando retener en mí el mayor número de detalles posible. Porque, aunque lo hubiera cruzado gran cantidad de veces, no me resultaba lo mismo mirarlo desde la lejanía, desde la que se aparecía ante mí soberbio, misterioso, casi indestructible.

Dos caras. Una misma moneda.

Y esa reflexión me pareció suficiente. Satisfecha, volví a emprender el corto camino que me separaba de la parada, pensando de nuevo en el cambio de año. Propósitos como dejar de fumar, quererme algo más y odiarme un poco menos aparecieron fugazmente por mi cabeza. ¿Sería capaz de cumplir alguno de ellos? Era imposible saberlo, pero en ese momento dejó de preocuparme. Una mirada despistada hacia el reloj que antes me dio una pequeña tregua me indicó que ésta había finalizado hacía un par de minutos.

Volví la vista atrás para ver si aparecía mi autobús y, también, en parte, para despedirme de aquel lugar en la cima de la pasarela. Al otro lado acerté a ver un cartel luminoso andante, en el que me pareció leer el número 160.

El peligro de perder el último autobús me hizo sonreír de un modo tremendamente infantil. Una estúpida adrenalina, totalmente opuesta a la que solía embargarme cuando tenía la típica sensación de estrés que siempre me producía el llegar tarde, se apoderó por completo de mí. Y entonces, dejándome llevar más por un impulso de euforia que por el temor a quedarme en tierra, eché a correr.

Corrí como nunca. No sé si más rápido que otras veces, pero sí más ligera. Todo mi peso se había quedado en el puente que dejaba atrás, y que ya tendría delante otro día, otro año. Inconscientemente, había decidido guardar mis inquietudes y comenzar una cuenta nueva. Ese día subiría al autobús más libre que nunca de cualquier carga.