No es un poema. Es.... otra cosa.
lunes, 27 de agosto de 2012
Capítulo cuarenta y ocho. Hoy he soñado imposibles
No es un poema. Es.... otra cosa.
viernes, 17 de agosto de 2012
Capítulo cuarenta y siete. De púas y cuerdas rotas.
miércoles, 25 de julio de 2012
Capítulo cuarenta y seis. Quiero ser una canción.
miércoles, 16 de mayo de 2012
Paréntesis (yo voté que no)
Quién nos iba a decir el pasado 15M que un año después se celebrarían las asambleas más multitudinarias en la comunidad universitaria de Sevilla. Si lo expresamos de este modo, puede ser un orgullo. Sí, hasta yo misma, escéptica, puedo sentirlo, aunque quizá no demasiado.
Hablaré de lo que ocurrió ayer en la asamblea de mi facultad (comunicación), y de lo que llevo viviendo en mi círculo desde hace bastante tiempo.
Es cierto que hasta a mí se me puso la piel de gallina cuando miré hacia atrás y vi abarrotado el salón de actos de mi facultad. Está clarísimo que la asamblea de ayer fue un exitazo. Lo triste –y creo que no es una locura pensarlo- es que hayamos tenido que llegar a este punto, con este gobierno -¡qué casualidad!-, para poder decirlo.
La universidad tiene toda la pinta de irse a pique. Está claro que, como universitarios, tenemos que hacer algo. La cuestión es que, sinceramente, no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que se han hecho hasta ahora.
No estoy de acuerdo con confundir una lucha estudiantil con una lucha ideológica. Perdonad que os diga, pero los estudiantes somos rojos, negros, chinos –como diría Ismael Serrano en Atrapados en azul- y de la Falange si hace falta. Y eso, señores, hay que respetarlo. Entonces, cuando yo, estudiante –al margen de mis ideas políticas-, quiero formar parte de una huelga que me afecta y me encuentro con personas que tachan a cualquiera que difiera de sus planteamientos políticos maravillosos de necio o inculto, o simplemente se dedican a decir que no tiene ni puta idea, me toca bastante la moral. ¿Qué pasa? Que no me merece la pena pertenecer a lo mismo que una persona que me mira por encima del hombro. No me siento cómoda. Llamadme rara.
No estoy de acuerdo con la doble moral que se tiene con respecto a la violencia. Quizá decir violencia sea ir demasiado lejos. Hablemos mejor de presión. El pasado 29 de marzo estuve con mis compañeros en un “piquete informativo” de la Fcom, centro en el que, sin ir más lejos, pusieron silicona en la cerradura para que no pudiera abrirse. Nadie había sido, pero a muchos les encantó la idea. Me parece vergonzoso, sobre todo teniendo en cuenta que estos piquetes se hacen con la intención de informar al trabajador, que, como todo el mundo sabe, tiene todo su derecho a trabajar. En última instancia, y se supone que fue la intención de nuestro piquete, se hace para apoyar a los empleados que se sienten presionados por el empresario –prefiero decir jefe, pero empresario da más miedo, ¿verdad?- para que estos puedan argumentar que no han ido a trabajar por la fuerza del piquete.
Lo que me escuece de todo esto es que llevo tres años en la Fcom, y cuanto más tiempo llevo menos aceptada me siento por pensar del modo en que pienso. Lo más triste es que sé que hay más gente como yo. Joder, hay gente que no es necesariamente de izquierdas, pero tampoco es de derechas. Estoy harta de tener que ser una revolucionaria para que un puñado de compañeros deje de mirarme por encima del hombro. Aplaudo la lucha por la universidad pública, pero, como comentó más de uno en Twitter, es absurdo que tengamos que mezclar esto con la lucha obrera.
No es egoísmo. No es individualismo. Por supuesto que me preocupan los exámenes que tengo dentro de un mes, pero no es tan simple –no somos tan simples-. Por mi parte es falta de confianza. Y sé que los que llevan detrás de esto tanto tiempo se cagan en mí y en los que opinan igual, y en los que no han hecho nada. Pero, hablo por mí –y creo que por muchísimos compañeros-, el no hacer nada no implica falta de pensamiento crítico o intención. Hay veces que el hacer lo que sea es peor que quedarse sentado pensando en otra solución.
Y es que me da la sensación de que hemos entrado en la maldita dinámica de echarnos a la calle y vaciar las aulas si surge cualquier cosa, y ya no hay quien nos pare. Y, aunque sea una herramienta de protesta, llega un punto en el que aburre. ¿Es que de verdad no hay otra manera? No digo que esta subida de tasas sea cualquier cosa. No lo es. Lo que digo es que se nos va a tomar por el pito del sereno. Y que, coño, ¡siempre tenemos la misma solución a todo! ¡Dejemos de ir a clase! Y no solo eso, ¡que no se le ocurra a ningún profesor facilitarnos el temario que queda por dar hasta finales de curso! Y si hay alguna práctica que quiera el profesor que entreguemos y la clase decide que mejor no, pues nada, el delegado de curso puede acceder a un comité para que actúe de mediador. Ole.
Y después dicen que hubo mil personas en la Facultad de Comunicación. Claro que sí. Las personas que ven peligrar su dinero –cuando te duele el bolsillo, el tuyo, que no el ajeno, vas a donde haga falta- y las que quieren enterarse de qué va eso del parón académico. Pero, ¿hay clase? ¿Hay exámenes? ¿Instituto de Idiomas? ¿Y las prácticas? ¿Y si un profesor quiere continuar con el temario?
A ver cuántas de esas personas van a la huelga, a las “clases en la calle” –lo siento, tengo que entrecomillarlo- y a las salas de estudio 24 horas.
Ojalá me equivoque y podáis llenarme los comentarios de insultos.
sábado, 14 de enero de 2012
Capítulo cuarenta y cinco. La sombra en el espejo
Llevo dos horas delante de este pequeño ordenador, tratando de explicarle, con suaves –y no tan suaves- aporreos a sus teclas, lo que difícilmente podría convertir en palabras con algún sentido.
Si alguna vez le había temblado el cuerpo de rabia no lo recordaba de una forma tan intensa como aquella. Y sí, se ha planteado que lo que sucede hoy es mucho más cercano –y por consiguiente, puede parecer mucho más importante- que lo que ha quedado en el pasado. Pero eso le da igual. No se trata de medir la magnitud del terremoto en el que se ha convertido su cuerpo.
O quizá sí.
Estaba bien. Ese asunto, el que lleva un tiempo intentando arreglar –no sin ayuda-. Se encontraba en un cómodo letargo, una especie de stand by en el que las partes implicadas disfrutaban de la tregua, de las sonrisas y el cariño no contenido.
Pero sabía que era parte del ciclo. Ese círculo vicioso en el que se han enredado y del que no saben salir sin cambiar un ápice sus costumbres. Al fin y al cabo son fases. Unas más cortas, otras menos, que dependen de una cantidad infinita de factores que ni siquiera se acercan a lo científico. Qué impredecible todo, ¿verdad? Maldita impotencia.
Hoy ha estallado. No solo el plato que ha resultado víctima –literalmente- de los nervios, sino todas las rencillas que salen a flote –como un salvavidas- cada vez que hay un naufragio. Maldito salvavidas.
Y se ha visto, de nuevo, nadando sin saber, hundiéndose en el mar gélido, rodeada de objetos perdidos por el naufragio.
El espejo del baño en el que se ha encerrado, a oscuras, le ha devuelto la peor imagen de sí misma. No importaba la oscuridad. Pero es aquí donde se cruje los dedos, buscando así la inspiración en el teclado, intentando por todos los medios adecentar con unas pocas frases la maraña de pensamientos que se han aglutinado en su cabeza. Porque es el miedo lo que la bloquea, el miedo que le provocan ciertos flashes en los que se ve haciendo aquello que acabaría por convertirse en lo último en su vida. Y le gusta. Y le asusta. Y por eso, por mucho que le avergüence decirlo, le frena.
Maldita cobardía.
jueves, 12 de enero de 2012
Capítulo cuarenta y cuatro
Cuando salí a la calle todo me pareció especialmente vivo. El sol resplandecía con sorprendente claridad y las calles parecían inundadas gozosamente por su luz. Al tiempo en que era capaz de de sentir lo que veía como si fuera la primera vez, guardando los detalles de los edificios que llevaba viendo durante dos años, en los que nunca me había fijado, recordando el lugar en el que se perdía parte de la pintura del paso de cebra, contando las ventanas, alternando mis ojos entre el chino de la esquina, la mujer a la que nunca he visto, el camarero del Café, los botones de su camisa, sus zapatos negros, los coches que se repetían aparcados por el barrio a lo largo de los días en diferente orden..., al tiempo que observaba la compleja red de imágenes que tenía ante mí, en continuo movimiento, tenía la sensación de que todo era un amasijo de carne, cemento, troncos y agua, de que era en sí un todo inamovible, perenne en el tiempo y en la forma, como si la fisonomía de las calles, sus losas, sus baches, sus escalones y bordillos, tuvieran que corresponder necesariamente a la moto de quien tal vez sólo haya pasado una vez, a la panadera, al bloque blanco con jardín interior y fuente, como si no pudiera ser de otra forma y permaneciese por tanto así hasta la eternidad.
Al llegar al río sólo tuve ojos para el agua. Mientras cruzaba el puente me imaginaba saltando desde allí de cabeza, casi podía sentir mi cuerpo rompiendo la superficie aparentemente inmóvil. Y no moría, yo no quería morir, no imaginaba un suicidio, tan solo sumergirme en las aguas del río, sentir por un instante la calma que reina bajo la superficie, el sonido sordo que nos acompaña debajo, porque no hay silencio, pero ese sonido nos llena de paz y serenidad. Quería sentir el agua en mi piel bajo aquel sol que me parecía más claro, luminoso, cálido y, sobre todo, más revelador que nunca. Hubiera deseado lo mismo si me hubiera encontrado en la orilla, pero estaba sobre el puente y me preguntaba si sería posible; me veía saltando, cayendo de cabeza, con suavidad, estirada, con elegancia, el cristal se rompía con gracia y, luego, después del impacto y la repentina calma subacuática, yo salía renovada, empapada, riendo a carcajadas.
No sé por qué llegué triste a casa. Me acurruqué junto a la almohada, abrazándola, y en algún momento sentí el aliento de una brisa que se colaba por la ventana sobre mi rostro, y se me ocurrió pensar que tal vez me consolaba, como si pudiera acariciarme, y lo hacía con ternura...
Aquel cúmulo de sensaciones chocaba con lo que cualquier otro día, en las mismas circunstancias, se hubiera convertido en una larga e insensible mañana de resaca y hastío, opaca a la luz del sol y a la vida en la ciudad. Porque lo cierto era que mi estómago y mi cerebro aún se resentían por el mal uso que de ellos había hecho la noche anterior. Sin embargo, la sensibilidad a la que nos vemos expuestos cuando parece que nuestra cabeza va a estallar o está embotada, no me molestaba en absoluto. Recibía los sonidos de la calle con especial regocijo y jamás había sentido brisa más reconfortante. Incluso la tristeza no era tal, podía ser analizada y reducida al cansancio físico y ciertas dudas, a un dilema al que, aun sin saberlo, ya había dado la respuesta. Tal vez era un último adiós y, por ello, aquella extraña mañana la melancolía se tornaba especialmente hermosa, feliz y esperanzadora. Porque esta antítesis, esta contradicción, marcaba un final y en consecuencia un principio que aprovechar.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Capítulo cuarenta y tres.
He restado 365 multiplicado por dos y me faltan días para el hoy.
Durante un tiempo pude llegar a ser otra persona. Me gusté y detesté, todo a una. Nunca dejé de sentirme más y mejor, más y peor allí donde lo más parecido a querer se acercó tímidamente a mi vida.
A veces caigo en la trampa y evoco el tacto de mis dedos en tu palma, en la arena, haciendo círculos mientras el sol se despide hasta mañana y el cielo deja –durante un rato- de ser azul.
Ahora soy el desastre total. La destrucción de mí misma. Soy las ruinas de ese proyecto sin acabar que alguna vez pudo ser rascacielos –y que comenzaste tú-.
Y luego recuerdo que jamás tuvimos una puesta de sol –mea culpa-.
Entonces solo puedo imaginarme en un viejo colchón sin sábanas, fumando un cigarrillo liado con prisas y con la luz apagada para sentirme menos acompañada, con la ansiedad de quien se sabe sucia cuando piensa con la cabeza por primera vez en un rato. Mirando en la oscuridad hacia la ventana. Intentando con todas mis fuerzas que la vista me abandone para no ver lo que he hecho, para no girar mi cuello y encontrarme con todo lo que no eres tú.
Porque yo misma me he encerrado en la más triste de las ironías de mi vida. Porque si alguna vez no pude seguir tu ritmo sin arañarnos hacia dentro y hacia fuera hoy no puedo hacer más que compararte con cada error de mis noches. Los que se escapan de mis labios –o mi sensatez- y los que siempre quedarán entre dos. Los que sabes y los que no sabes. Los que ocurren en compañía y los que llego a cometer sin ayuda de nadie -aunque quizá estos últimos no sean errores, y tu recuerdo no sea el mismo-.
Ya me entiendes.
Tú miras fotos. Yo las recuerdo sin verlas siquiera. Pero a veces las miro. Lo hago. Busco ese momento en el que levantabas los cimientos de mí, antes de que me fuera con el cemento aún húmedo, dejándote las manos manchadas.
Ojalá no te hubiera manchado.
Yo creí que llevaba guantes.
Lo cierto es que hace poco –y no tan poco- me he dado cuenta de que no ando precisamente limpia de eso que acabó por falta de ilusión, por la maldita dispersión de sentimientos que no convergían en ti. Con el tiempo he llegado a suponer que fuiste mucho más que la primera probeta de experimentos de lo que de verdad soy -o eso creo-.
A veces me dejo llevar por ese pequeño lugar que odié y siento de que después de tantas puestas de sol a solas antes –y después- de conocerte, eres lo único que de verdad pudo llenarme.
Y por eso, por lo fugaz que fue, por el poco valor que concedí a una historia que quizá no hubiera estado condenada a la quema, en algún momento me he permitido imaginar que volvía para hacer las cosas como debía, para regalarnos esa puesta de sol que jamás tuvimos, esa comida en tu casa a la que nunca fui o esa noche con velas, y más tarde -o temprano- café y tostadas que debió ser la última, o simplemente ser.