lunes, 29 de octubre de 2012
Capítulo cincuenta. Egodomingo, egohorizonte, ego(en)sueño. Egoquimera
viernes, 14 de septiembre de 2012
Capítulo cuarenta y nueve. Me llevas en tus manos.
lunes, 27 de agosto de 2012
Capítulo cuarenta y ocho. Hoy he soñado imposibles
No es un poema. Es.... otra cosa.
viernes, 17 de agosto de 2012
Capítulo cuarenta y siete. De púas y cuerdas rotas.
miércoles, 25 de julio de 2012
Capítulo cuarenta y seis. Quiero ser una canción.
miércoles, 16 de mayo de 2012
Paréntesis (yo voté que no)
Quién nos iba a decir el pasado 15M que un año después se celebrarían las asambleas más multitudinarias en la comunidad universitaria de Sevilla. Si lo expresamos de este modo, puede ser un orgullo. Sí, hasta yo misma, escéptica, puedo sentirlo, aunque quizá no demasiado.
Hablaré de lo que ocurrió ayer en la asamblea de mi facultad (comunicación), y de lo que llevo viviendo en mi círculo desde hace bastante tiempo.
Es cierto que hasta a mí se me puso la piel de gallina cuando miré hacia atrás y vi abarrotado el salón de actos de mi facultad. Está clarísimo que la asamblea de ayer fue un exitazo. Lo triste –y creo que no es una locura pensarlo- es que hayamos tenido que llegar a este punto, con este gobierno -¡qué casualidad!-, para poder decirlo.
La universidad tiene toda la pinta de irse a pique. Está claro que, como universitarios, tenemos que hacer algo. La cuestión es que, sinceramente, no estoy de acuerdo con muchas de las cosas que se han hecho hasta ahora.
No estoy de acuerdo con confundir una lucha estudiantil con una lucha ideológica. Perdonad que os diga, pero los estudiantes somos rojos, negros, chinos –como diría Ismael Serrano en Atrapados en azul- y de la Falange si hace falta. Y eso, señores, hay que respetarlo. Entonces, cuando yo, estudiante –al margen de mis ideas políticas-, quiero formar parte de una huelga que me afecta y me encuentro con personas que tachan a cualquiera que difiera de sus planteamientos políticos maravillosos de necio o inculto, o simplemente se dedican a decir que no tiene ni puta idea, me toca bastante la moral. ¿Qué pasa? Que no me merece la pena pertenecer a lo mismo que una persona que me mira por encima del hombro. No me siento cómoda. Llamadme rara.
No estoy de acuerdo con la doble moral que se tiene con respecto a la violencia. Quizá decir violencia sea ir demasiado lejos. Hablemos mejor de presión. El pasado 29 de marzo estuve con mis compañeros en un “piquete informativo” de la Fcom, centro en el que, sin ir más lejos, pusieron silicona en la cerradura para que no pudiera abrirse. Nadie había sido, pero a muchos les encantó la idea. Me parece vergonzoso, sobre todo teniendo en cuenta que estos piquetes se hacen con la intención de informar al trabajador, que, como todo el mundo sabe, tiene todo su derecho a trabajar. En última instancia, y se supone que fue la intención de nuestro piquete, se hace para apoyar a los empleados que se sienten presionados por el empresario –prefiero decir jefe, pero empresario da más miedo, ¿verdad?- para que estos puedan argumentar que no han ido a trabajar por la fuerza del piquete.
Lo que me escuece de todo esto es que llevo tres años en la Fcom, y cuanto más tiempo llevo menos aceptada me siento por pensar del modo en que pienso. Lo más triste es que sé que hay más gente como yo. Joder, hay gente que no es necesariamente de izquierdas, pero tampoco es de derechas. Estoy harta de tener que ser una revolucionaria para que un puñado de compañeros deje de mirarme por encima del hombro. Aplaudo la lucha por la universidad pública, pero, como comentó más de uno en Twitter, es absurdo que tengamos que mezclar esto con la lucha obrera.
No es egoísmo. No es individualismo. Por supuesto que me preocupan los exámenes que tengo dentro de un mes, pero no es tan simple –no somos tan simples-. Por mi parte es falta de confianza. Y sé que los que llevan detrás de esto tanto tiempo se cagan en mí y en los que opinan igual, y en los que no han hecho nada. Pero, hablo por mí –y creo que por muchísimos compañeros-, el no hacer nada no implica falta de pensamiento crítico o intención. Hay veces que el hacer lo que sea es peor que quedarse sentado pensando en otra solución.
Y es que me da la sensación de que hemos entrado en la maldita dinámica de echarnos a la calle y vaciar las aulas si surge cualquier cosa, y ya no hay quien nos pare. Y, aunque sea una herramienta de protesta, llega un punto en el que aburre. ¿Es que de verdad no hay otra manera? No digo que esta subida de tasas sea cualquier cosa. No lo es. Lo que digo es que se nos va a tomar por el pito del sereno. Y que, coño, ¡siempre tenemos la misma solución a todo! ¡Dejemos de ir a clase! Y no solo eso, ¡que no se le ocurra a ningún profesor facilitarnos el temario que queda por dar hasta finales de curso! Y si hay alguna práctica que quiera el profesor que entreguemos y la clase decide que mejor no, pues nada, el delegado de curso puede acceder a un comité para que actúe de mediador. Ole.
Y después dicen que hubo mil personas en la Facultad de Comunicación. Claro que sí. Las personas que ven peligrar su dinero –cuando te duele el bolsillo, el tuyo, que no el ajeno, vas a donde haga falta- y las que quieren enterarse de qué va eso del parón académico. Pero, ¿hay clase? ¿Hay exámenes? ¿Instituto de Idiomas? ¿Y las prácticas? ¿Y si un profesor quiere continuar con el temario?
A ver cuántas de esas personas van a la huelga, a las “clases en la calle” –lo siento, tengo que entrecomillarlo- y a las salas de estudio 24 horas.
Ojalá me equivoque y podáis llenarme los comentarios de insultos.
sábado, 14 de enero de 2012
Capítulo cuarenta y cinco. La sombra en el espejo
Llevo dos horas delante de este pequeño ordenador, tratando de explicarle, con suaves –y no tan suaves- aporreos a sus teclas, lo que difícilmente podría convertir en palabras con algún sentido.
Si alguna vez le había temblado el cuerpo de rabia no lo recordaba de una forma tan intensa como aquella. Y sí, se ha planteado que lo que sucede hoy es mucho más cercano –y por consiguiente, puede parecer mucho más importante- que lo que ha quedado en el pasado. Pero eso le da igual. No se trata de medir la magnitud del terremoto en el que se ha convertido su cuerpo.
O quizá sí.
Estaba bien. Ese asunto, el que lleva un tiempo intentando arreglar –no sin ayuda-. Se encontraba en un cómodo letargo, una especie de stand by en el que las partes implicadas disfrutaban de la tregua, de las sonrisas y el cariño no contenido.
Pero sabía que era parte del ciclo. Ese círculo vicioso en el que se han enredado y del que no saben salir sin cambiar un ápice sus costumbres. Al fin y al cabo son fases. Unas más cortas, otras menos, que dependen de una cantidad infinita de factores que ni siquiera se acercan a lo científico. Qué impredecible todo, ¿verdad? Maldita impotencia.
Hoy ha estallado. No solo el plato que ha resultado víctima –literalmente- de los nervios, sino todas las rencillas que salen a flote –como un salvavidas- cada vez que hay un naufragio. Maldito salvavidas.
Y se ha visto, de nuevo, nadando sin saber, hundiéndose en el mar gélido, rodeada de objetos perdidos por el naufragio.
El espejo del baño en el que se ha encerrado, a oscuras, le ha devuelto la peor imagen de sí misma. No importaba la oscuridad. Pero es aquí donde se cruje los dedos, buscando así la inspiración en el teclado, intentando por todos los medios adecentar con unas pocas frases la maraña de pensamientos que se han aglutinado en su cabeza. Porque es el miedo lo que la bloquea, el miedo que le provocan ciertos flashes en los que se ve haciendo aquello que acabaría por convertirse en lo último en su vida. Y le gusta. Y le asusta. Y por eso, por mucho que le avergüence decirlo, le frena.
Maldita cobardía.